En estos días las reliquias del Beato Papa Juan Pablo II continúan
recorriendo México por el rumbo del occidente, e hicieron una escala
breve, de unas cuantas horas, en Lagos de Moreno en la noche del 8 y
madrugada del 9 de diciembre. Su llegada, anunciada con cohetes y
repiques de campanas, fue oportunidad para una procesión, de la que
presento aquí algunas imágenes.
Cabe destacarlo, aun si México no heredó de la Nueva España
abundantes restos de bienaventurados y santos, no es que el nuestro sea
un país desierto de reliquias. Unas pocas pueden datar de tiempos de la
primera evangelización, como las de fray Sebastián de Aparicio en
Puebla. Otras hay que son "recientes", relativamente, del siglo XX, como
el cuerpo incorrupto de monseñor Guízar y Valencia en Xalapa. Mas estos
ejemplos puntuales, contrastan con su relativa abundancia en estas
tierras occidentales.
Esto es, las del Papa Beato llegaron
justamente a la región mexicana acaso la de mayor tradición en materia
de reliquias. La urna de San Hermión mártir, que luce majestuosa desde
uno de los altares de la nave de la soberbia iglesia parroquial de la
Asunción, en el corazón de Lagos, lo muestra bien. Llegado a finales del
siglo XVIII, no lo hizo en solitario: fue por entonces que arribaron a
León las reliquias de San Donato, San Fulgencio y Santa Clementina, y a
Aguascalientes las de Santa Veneranda. Los fieles de estos rumbos pues,
saben bien de qué se trata cuando se habla de reliquias, y con mayor
razón no ha de extrañarse que se agolparan en gran número ante las de un
Pontífice que, lo sabemos bien, fue en vida especialmente querido de
los católicos mexicanos.
Y sin embargo, no es de todos los días que las reliquias mexicanas
salgan de sus altares. Si las procesiones de imágenes pueden ser
frecuentes hasta hoy, las de reliquias están más bien en el olvido,
incluso aquí en Lagos. De ahí que lo más fácil y lógico haya sido aplicar a esta procesión de reliquias las prácticas que la tradición local utiliza para las imágenes religiosas: los laguenses no hicieron, según entiendo, sino
reunir los elementos propios de "la subida"
de Nuestro Padre Jesús en Semana Santa. Y ello justamente la convirtió en una interesante amalgama de
prácticas antiguas y nuevas del catolicismo, al mismo tiempo con algo de barroca y algo de
moderna.
Así es, ella representó casi lo contrario a lo que hubieran
deseado lo obispos reformadores de antaño. Distaba mucho de ser una procesión devota en estricto sentido, pues si había cantos religiosos, estuvo más bien desierta de oraciones. Su horario mismo hubiera sido censurado por los prelados más celosos del Antiguo Régimen, opuestos a los "desórdenes" de los horarios nocturnos. Procesión más bien triunfal, lo importante en ella parecía ser la alegría del acompañamiento, lo cual hubiera ido contra modelos pregonados por ejemplo, por monseñor Juan Cruz Ruiz
Cabañas, severo censor de las prácticas "profanas", "superfluas" e
incluso "supersticiosas" de los pueblos de la Nueva Galicia de finales
del siglo XVIII. De hecho, se inició justamente con un estallido de cohetes, elemento que aquel prelado ilustrado sistemáticamente trató de prohibir; y más todavía, venía rodeada de vendedores de una amplia "quincallería religiosa" (sólo por evocar el término despectivo de algún liberal del XIX) que incluía tradicionales estampas, rosarios, medallas e imágenes, y más recientes banderas vaticanas y globos amarillos.
Pero centrémonos en la procesión misma. En ella abundaron las danzas, que sin duda no son exactamente
las mismas que se bailaban en los siglos pasados, como tampoco lo son los
trajes de los danzantes, aunque en cambio el uso de percusiones sí que puede venir de tiempo atrás. Sobre todo, la idea general sigue siendo básicamente la misma de tiempos barrocos: la presencia entre nosotros de lo sagrado ha de ir acompañada de desbordes de alegría que sólo la danza puede expresar.
Además hubo música, repetimos, de hecho de varias generaciones del catolicismo. Se hicieron presentes percusiones y metales, aquí modernizadas bajo la forma de bandas de guerra escolares; no debiera extrañar, en España hubieran sido bandas cofradieras asimismo de metales, en Francia las de cornos y cornetas. La idea, de nuevo antigua bajo formas nuevas, es la de la fanfarria que precede a soberanas imágenes o a venerables reliquias.
Nuevo en realidad, es sin duda el mariachi, cuyo sonido más suave apenas logra abrirse espacio entre percusiones de danzantes y de bandas, y que aquí escuchamos entonando por igual piezas de la tradición del siglo XX, no menos que canciones mucho más modernas. Estas últimas, junto con los cánticos de los movimientos juveniles que venían formando valla para cerrar la procesión (y que se percibían menos que los mariachis), son el elemento en verdad reciente. De hecho, esta era la música tal vez más relacionada con el Beato Pontífice cuyas reliquias se recibían: eran piezas estilo Jornada Mundial de la Juventud, cánticos de la generación que vivió bien la Nueva Evangelización que él impulso; por cierto, música que es la desesperación de algunos liturgistas más apegados a la tradición.
También tomando distancia de ella, debemos destacarlo, la procesión estaba estrictamente centrada en las reliquias y no en el clero que las acompañaba. Si bien, como corresponde a la recepción de las reliquias de un Sumo Pontífice, sacerdotes y seminaristas hicieron masivo acto de presencia, lejos de acudir uniformemente revestidos y de formarse jerárquicamente detrás del coche con la urna, algunos iban en medio del acompañamiento y la mayoría mezclado indistintamente con religiosas, movimientos juveniles y mariachis al final del cortejo. No había pues, ni lucimiento de ornamentos sacerdotales (no había una sola capa pluvial, por cierto) ni orden jerárquico, con lo que la procesión reforzaba su carácter mayoritariamente laico (que no profano).
Es curioso hacer notar que en cambio venían integradas al cortejo patrullas de las corporaciones de seguridad pública de distintos niveles de gobierno. Sobra decir que tenían toda razón de hacer acto de presencia tratándose de una acto público masivo, pero aun si no marchaban haciendo guardia de honor ni saludando a los símbolos sagrados (como se hace en otros países, cabe decir), no dejan de recordar de recordar lejanamente el viejo ideal de colaboración armónica entre la Iglesia y el Estado, que fuera antaño tan característico del mundo hispano.
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