Fue la época de las Reformas, protestante y católica, cuando la preocupación (casi la competencia me atrevería a decir) por proteger correctamente lo sagrado, llevó a la prohibición casi sistemática de las misas fuera de las iglesias. Philippe Martin en Le théâtre divin. Une histoire de la messe XVIe-XXe siècle lo muestra bien con el ejemplo de un monje benedictino francés del siglo XVI que atraviesa Europa camino de Tierra Santa celebrando constantemente la misa, pero nunca a bordo de barcos ni fuera de altares católicos. En el mundo americano, tierra de misiones casi por definición, es cierto que las órdenes mendicantes y los jesuitas hicieron uso de altares portátiles y celebraron al aire libreo. Pero ahí donde ya la catolicidad estaba consolidada, la preocupación era (como en todo el mundo católico) acondicionar con "decencia" las iglesias y capillas.
Un buen ejemplo es que la obra que tanto hemos citado en este blog, El porque de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, no comprende el tema del altar portátil sino para su uso en el ejército, y en cambio sus primeros capítulos están destinados a exponer el denso simbolismo que ya en ese siglo XVIII caracterizaba a las iglesias. Tal era el preámbulo indispensable para exponer a detalle cada una de las ceremonias eclesiásticas, la misa en particular. En ese sentido, acaso los obispos del Antiguo Régimen habrían estado de acuerdo con la redacción del artículo 24 constitucional: las ceremonias religiosas debían tener lugar, de ordinario, en los templos. Aunque confieso que conozco poco del asunto, siguiendo al mismo Martin, parece que fue el gran movimiento católico de finales del siglo XIX y principios del XX, el catolicismo social, seguido por el "movimiento litúrgico" del siglo XX el que se entusiasmaría por las grandes celebraciones en exteriores. Es de entonces que datan las grandes reuniones, los congresos católicos, congresos eucarísticos, semanas sociales y demás, que por su carácter multitudinario, difícilmente podían entrar en el espacio de una iglesia ordinaria, imponiendo la celebración de la misa fuera de ella. De ahí que en nuestros días la legislación canónica sea más bien flexible en la materia: el Codigo de Derecho Canónico prevé en el canon 932 que la celebración de la misa sea "en lugar sagrado", a no ser que "la necesidad exija otra cosa".
Así pues, si en los siglos XVI al XVIII las grandes manifestaciones exteriores del catolicismo fueron sobre todo las procesiones y las misiones, entre los siglos XIX y XX la misa efectivamente se irá agregando a ellas. Se trata al mismo tiempo de una adaptación a una sociedad de masas, de un esfuerzo por demostrar la vitalidad del catolicismo, en ciertos casos incluso de un romántico reencuentro con el templo mismo de la naturaleza, o con los grandes lugares de la memoria del Cristianismo (v.gr. Benedicto XVI oficiando en el Valle de Josafat). Pero no deja de haber razón en las inquietudes de la sensibilidad "laicista", por así decir, pues en efecto se trata también de un esfuerzo por recuperar la presencia religiosa en un espacio público cada vez más secularizado.
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