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Información y comentarios sobre la historia, pero también sobre la actualidad de la Iglesia católica en México. A la izquierda pueden encontrar algunos recursos de información que pueden ser útiles, no es una lista exhaustiva, pero puede orientar a estudiantes o neófitos en la materia. Asimismo, para que el lector pueda conocer la línea del autor, pueden consultar los artículos descargables.
Bienvenido y buena lectura.

domingo 18 de marzo de 2012

Las elecciones cofradieras del siglo XVIII

Es tiempo de elecciones en nuestro país, por lo que es siempre oportuna una mirada histórica sobre el tema. Ya una vez, en el año 2010, dediqué una entrada de este blog al tema de las elecciones en las corporaciones religiosas en general, ahora quisiera llamar la atención en particular a las que tenían lugar en las cofradías del mundo hispánico en el Antiguo Régimen.

Tal vez conviene comenzar recordando que por entonces había elecciones y de manera constante en buena parte de las corporaciones que estructuraban la sociedad. Sin duda hoy todos los historiadores lo tienen presente, el término elección significaba ante todo la renovación de una autoridad y no implicaba un procedimiento específico (podía ser escrutinio, por sorteo, por compromiso o por una manifestación de la voluntad divina expresada en un voto unánime). Sería pues, un anacronismo decir que no había elecciones entonces, sólo porque el procedimiento no era el mismo que en nuestros días, como lo es también pensar que esas corporaciones sólo porque había elecciones eran ya un precedente de nuestra contemporánea democracia. Empero, es cierto que mucho influyeron en la construcción de los procedimientos electorales liberales: una buena historia de las elecciones, no podría dejar de analizar con detalle las prácticas, por ejemplo, de las repúblicas de indios, que sí que elegían anualmente a sus autoridades, o las de corporaciones religiosas de seglares como las que tratamos aquí. En cambio, sería tal vez un tanto inútil remontarse hasta las civilizaciones prehispánicas, cuyos regímenes, por definición eran distintos a los de la civilización occidental.

Dicho lo cual, pues, repetiré lo que escribí en 2010: en las constituciones cofradieras estaba normalmente previsto que cada año, después de la fiesta patronal de la corporación, se reunieran los hermanos en cabildo y eligieran nuevos oficiales. Los procedimientos concretos eran de lo más variado, en general tendientes a evitar la formación de divisiones entre los cofrades y a asegurar la indiscutible validez del acto. Existía, por supuesto, el voto secreto en cédulas depositadas en una urna, como lo practicaba por ejemplo la cofradía de Nuestra Señora de Aranzazu de Puebla, al menos según sus constituciones redactadas en 1782. Las había que confiaban en la autoridad clerical para validar sus resultados, como la sacramental de Tizayuca, que en 1739 disponía que los cofrades votaran para elegir al mayordomo, rector y diputados al oído del cura párroco, en quien confiaban para hacer el cómputo de los votos. En cambio, hasta donde he podido ver, el sorteo no parece haber sido una de las prácticas electorales comunes de las cofradías, lo era más bien una suerte de compromiso: el escrutinio previo. Un buen ejemplo es la cofradía de Jesús Nazareno de Veracruz, que disponía en sus constituciones de 1770 la celebración de una junta particular de oficiales para establecer en ella a los candidatos a la elección, de manera por completo secreta, desde luego. Al otro lado del Atlántico, en la siempre cofradiera Sevilla, tal era el procedimiento más extendido: los hermanos eran convocados más bien para validar o rechazar la lista presentada por los oficiales actuales, utilizando por lo común unas bolillas negras o blancas.

Conviene destacarlo, las elecciones cofradieras eran por lo común enmarcadas con ceremonias religiosas, destinadas a pedir la inspiración divina para garantizar el acierto en ellas, o para dar gracias al Cielo por su correcta celebración. Así, en las cofradías del escapulario del Carmen se rezaba el Veni Sancte Spiritus antes de comenzar la elección; en la del Señor de la Coronación de Real del Monte se invocaba también al Espíritu Santo con una oración y se cantaba un Te Deum al finalizar. Había también Te Deum en la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí y en la sacramental de la parroquia de Santa Veracruz de México, mientras que en la de San Francisco Xavier de la misma capital rezaba el Veni Creator al inicio y una Salve al final. Ya a principios del siglo XIX, los cocheros del Santísimo de la parroquia de San Sebastián de México, establecerán directamente una misa de Espíritu Santo antes de iniciar el cabildo de elecciones. En ello se parecían a la cofradía de los sastres de Sevilla, la de Nuestra Señora de los Reyes, que ya desde 1788 tenía por constitución una misa semejante antes de su cabildo de elecciones. Cabe decir, algunas cofradías sevillanas extendían estas oraciones e invocaciones a todos sus cabildos, como la Orden Tercera de Siervos de María de los Dolores, que rezaba también el Veni Sancte Spiritus.

Ahora bien, no por ceremoniosas y cuidadosamente planeadas en las constituciones las elecciones tenían lugar de manera pacífica y completamente armoniosa. En Sevilla, por ejemplo, el cabildo de elecciones de la hermandad del Santo Cristo de la Salud de la parroquia de San Bernardo era especialmente vigilado por las autoridades eclesiásticas en virtud de algunos "alborotos y disensiones". En noviembre de 1787, el párroco Cristóbal García Marmolejo escribía a la mitra sevillana dando cuenta de que en efecto, en la reunión de principios de ese mes, se habían escuchado "alguna conmoción", "varios campanillazos y ciertas amenazas uno a otro con darle bofetadas, de mandarse en mala hora y otras", que lo habían obligado a hacerse presente para imponer el orden. De este lado del Atlántico no he encontrado por ahora testimonios directos de conflictos electorales en las cofradías novohispanas del siglo XVIII, por lo que dejaremos pendiente el tema por ahora. En cambio, me interesa cerrar destacando que en algunos pueblos las elecciones cofradieras terminaron junto con la centuria: en las de españoles de Orizaba comenzó a introducirse la costumbre de que fuera el párroco quien designara a los mayordomos, en las de Lagos, las elecciones desaparecen incluso en cofradías de indios como en la de Purísima Concepción del pueblo de Moya. Símbolo posiblemente de que el clero reforzaba su participación directa y su control en la vida religiosa de los pueblos, las elecciones cofradieras fueron así perdiendo importancia en el siglo XIX, cuando además aparecieron unas elecciones nuevas y no menos apasionantes, las propiamente políticas en el sentido moderno.

domingo 11 de marzo de 2012

En vista del éxito no obtenido...

El mes de junio del año pasado decidí abrir una página en Facebook para este blog pensando en buscar un público más amplio. Como bien me hizo notar uno de los lectores, al principio no se distinguía para nada de la página original, por lo que traté de utilizarla sobre todo para subir enlaces a notas de prensa. Viendo las estadísticas en realidad no ha tenido prácticamente ningún eco, sus visitantes muchos son ya suscriptores de este blog o lo siguen por otras vías, y a decir verdad nunca estuve muy convencido de subir notas de actualidad pues nunca he querido hacer de éste un blog periodístico. Por todo ello, el día de hoy decidí cerrar la página en Facebook, y volver a concentrar todo en esta sola bitácora.

Amores platónicos clericales

Desde el siglo XI por lo menos, uno de los grandes temas de la diferencia entre el clero y el laicado en el seno del catolicismo es el celibato. Aunque es un tema que por su naturaleza es casi imposible de cuantificar, se sabe bien que desde entonces, no todos los sacerdotes respetaron el voto de castidad que se les exigía. En principio, a partir del siglo XVI sobre todo, los obispos tenían la responsabilidad de velar por que sus "súbditos", como se decía en la época, respetaran cabalmente todo lo que los separaba de los fieles, desde el vestido y el corte de cabello (como he mencionado en otros artículos de este blog), y por supuesto también el respeto del celibato. Aquí un ejemplo de los esfuerzos en la materia de uno de los grandes obispos reformadores de finales del siglo XVIII y principios del XIX, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara y de toda la Nueva Galicia. Es una carta de un clérigo de Lagos dándole cuenta al prelado de la conducta de un colega suyo, de las élites de la región, el doctor Iriarte, cuyos encuentros con una señorita de buena familia han llegado a los oídos episcopales. No conocemos, por ahora, los detalles de los actores involucrados, pero la carta por sí misma nos dice mucho, en cambio, de las preocupaciones y estrategias de los obispos para la vigilancia de su clero, de las formas de sociabilidad clerical de la época, que aquí se muestran también profundamente involucradas en el actuar de uno de sus colegas más notables,  de la comunicación constante entre el clero y las familias de la élite, y por supuesto, de la mirada sobre el amor y la pasión por parte de un clérigo.


AHAG, Sección Gobierno, Serie Parroquias, Lagos, caja no. 2, exp. s/n

"Señor Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas.

Lagos, septiembre 22 de 1810

Ilustrísimo señor.

Mi venerado prelado de todo mi respeto: Lo que he observado mucho tiempo ha, y los informes que mañosamente he tomado de personas que pudieran saberlo, me confirman más y más en la verdad de lo que dije a su señoría ilustrísima cuando pasé a tomar su bendición para tomar mis vacaciones. La comunicación del doctor Iriarte con Da. Concepción Arroyo no ha pasado en mi concepto de un mero amor platónico, sin que se llegara jamás a los excesos en que esta funesta pasión precipita a los que se dejan dominar de ella, olvidando sus obligaciones y rompiendo los frenos que los debían contener dentro de los límites de una justa moderación. Efectivamente, la consideración del puesto que ocupa el Dr. Iriarte, que es visible; el papel y representación que le dan sus riquezas y conexiones en esa ciudad y Zacatecas; el amor entrañable que profesa a sus padres, a quienes en caso de descubrirse alguna cosa que pudiera empañar su honor daría una grave pesadumbre, capaz de amargar sus cansados años; el respeto a la casa de Arroyo, que se ha elevado a tan alta esfera, y el que se debe a la reputación de su hija doncella, son muy poderosos retraentes que le han impedido cometer una acción, en que llevando el amor hasta sus últimos excesos, comprometiera su honor, el de la señora Arroyo, y perdiera sin remedio todo lo que podía esperar en su carrera y del amor de sus padres.
Pero todos estos motivos, aunque han tenido la energía bastante para que no llevara su pasión hasta un punto que la hiciera notoria e indisimulable, no han tenido tanta que lo hayan contenido de dar desahogo a sus deseos de mantener una comunicación que le es en extremo agradable, saliéndose para conseguirlo en medio de las dificultades que le hacían inaccesible el paso a ella, de cuantos arbitrios le ha sugerido su imaginación recalentada, y puesta en más activo movimiento por la dificultad de los obstáculos, los cuáles, me parece, se ha propuesto la ley de vencer, por sólo el capricho de lograr una empresa que se le niega con tanto ahínco y acaloramiento por parte de los Arroyos.
Y aunque tan grande empeño no parece compatible con un amor de la naturaleza, del que yo creo adolece el Dr. Iriarte, como en el trato de la vida común se ven otros que se le asemejan y aun en las monjas respecto a sus confesores se nota un ahínco muy parecido a éste, no será extraño que yo, que he observado el asunto tan de lejos, sin escudriñar curiosamente unos misterios, que los que los celebran ocultan con tanto cuidado, me haya engañado hasta la presente en la calificación de este manejo, pudiendo principalmente haber cegado en el particular la amistad que llevo con Iriarte, la cual siempre me ha hecho mirar este asunto por el aspecto más favorable.
Por lo que respecta al segundo encargo de su señoría ilustrísima, creo que los sujetos que más individual noticia puedan dar sobre esta comunicación son: el Dr. Vázquez, cura de Totatiche, que la vio nacer, porque frecuentaba en ese tiempo la casa de Arroyo; el Dr. Chavarino y D. León Cardona, quien sabrá lo que haya pasado en estos últimos años, desde que se regresó de México, pues antes de su ida aún no se comenzaba. Y aunque hay otros sujetos que estén instruidos en este asunto, éstos, o son del otro sexo, o personas interesadas por sus conexiones con la casa de Arroyo.
Me resta sólo que decir a su señoría ilustrísima que desde que Da. Concepción está en la casa de Da. Guadalupe, su hermana, sea por la absoluta imposibilidad que haya puesto la vigilancia de la última, sea porque Iriarte haya conocido cuán mal le está, esta comunicación se ha interrumpido, y no sé que se sostenga ni aun por medio de emisarios.
Esto es lo que en verdad puedo informar a su señoría ilustrísima, y si lo que llevo expuesto no es en todo conforme a otros informes que le hayan dado a su señoría ilustrísima, o a los que tuviere a bien tomar en lo sucesivo, esto no provendrá de que yo haya ocultado por malicia la verdad, que bien conozco la obligación en que estoy de descubrirla a quien legítimamente me la preguntare, sino de que se me habrá ocultado en un asunto que por su naturaleza pide muy secretas operaciones.
Dios guarde la importante [vida] de su señoría ilustrísima muchos años. Lagos, a 22 de septiembre de 1810.
Ilustrísimo señor.
Beso la mano de su señoría ilustrísima, su más rendido súbdito y seguro capellán.

José María Castro."

domingo 4 de marzo de 2012

A propósito de campanas

El pasado 29 de febrero, tuve el gran gusto de presentar, en el marco del Seminario de Historia Mexicana, que coordina la Mtra. Lina Cruz Lira aquí en el Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, la conferencia "Campanas, reformas y sensibilidades, siglo XVIII y XIX". No puedo evitar decir que se trata de una de las ponencias que mayores satisfacciones me ha traído: tuvo el honor de contar con la asistencia de varios de mis colegas profesores y de jóvenes estudiantes de la Licenciatura en Humanidades, un público gentil y atento que planteó varias preguntas y que se mostró verdaderamente interesado en el tema. Desde aquí aprovecho para reconocer el trabajo de todos los organizadores: la Mtra. Lina Cruz, la Mtra. Irma Estela Guerra, directora de la Casa Serrano, y la Lic. Gabriela Lamas, coordinadora de Difusión Cultural del CULAGOS. Desde mi llegada a Lagos de Moreno en septiembre, todos ellos me han acogido con singular amabilidad y me han confirmado que los apuros para atravesar el Atlántico e instalarme aquí han sido una más que acertada decisión.

Pero esta entrada no es sólo para evocar tan feliz ocasión, ni se convertirá en un laudatorio repique a vuelo en honor del CULAGOS, aunque aquí están las campanas de la Basílica de San Pedro que pareció oportuno hacer escuchar.

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En esta ocasión quiero compartir unos versos que sobre el tema de las campanas escribiera Tomás de Iriarte, el célebre literato español de finales del siglo XVIII, en ellos se aprecia ya una sensibilidad poco favorable a su sonido, en un paisaje sonoro católico completamente dominado por sus repiques y dobles. Por supuesto, no era un caso aislado, sino un sentimiento que compartían sin duda algunos de los "ilustrados" de la época, tanto eclesiásticos como seglares, antes bien confirmaban lo que dirá un poco después el obispo de Puebla don Salvador Biempica y Sotomayor en un edicto sobre la materia. Los excesos de las campanas, según el obispo, eran condenados por “el enfermo desde su cama, el hombre de negocios desde su despacho, el mercader en su mostrador, el literato en su estudio, el devoto en su retiro y aun el holgazán en su misma ociosidad”. El sonido campanero pues, comenzaba a dividir y a generar opiniones. Los versos de Iriarte fueron denunciados en su día ante la Inquisición desde Guatemala, aunque no tenemos noticia de que el proceso llegara muy lejos. Proceden del tomo II de la Colección de obras en verso y prosa, impresa en Madrid en 1787, en la imprenta de Benito Cano, y hay disponible una versión completa en el Google Libros.







Y en fin, como complemento ideal a tan poética queja, aquí una fábula del mismo Iriarte, que si no es exactamente sobre el mismo tema, tiene también por protagonistas a las campanas, e incluso su relato no es del todo inverosímil. Esto es, en efecto, si algo era propio de los pueblos del Antiguo Régimen era el orgullo por el alegre sonar de sus campanas.

domingo 26 de febrero de 2012

Cofradías y Cuaresma

Ha comenzado la Cuaresma, días de guardar y de meditación, de oración, ayuno y obras de caridad según la tradición católica. Hoy puede pasar un tanto desapercibida, interiorizada según la devoción individual de los fieles. En cambio, aunque se trata oficialmente de un período que uno imaginaría particularmente tranquilo, en el siglo XVIII era una de las temporadas más cargadas de actividades de todo el año, especialmente para las corporaciones de seglares devotos, las cofradías y órdenes terceras, que organizaban un sinnúmero de actividades.
Así es, para muchas de ellas, especialmente las que rendían honor a imágenes del Crucificado, era temporada de fiestas y solemnidades, sobre todo los viernes. En ellos, la cofradía del Santo Cristo de Burgos de México, por ejemplo, se reunía para una misa verdaderamente en grande: cantada; de "tres ministros", es decir, preste, diácono y subdiácono; con "número competente de religiosos en el coro", que no eran sino los franciscanos del Convento principal de la ciudad; pagando, claro está, organista y cantores. En Veracruz, la cofradía de Jesús Nazareno hacía lo propio, "con la mejor música y adorno de su altar y capilla", asistiendo engalanados los oficiales de la corporación en la banca particular que tenían para ello.
Las noches cuaresmales eran un tiempo fuerte para las celebraciones y las procesiones. Los hermanos de la Orden Tercera de Siervos de María se reunían a medianoche a rezar maitines, mientras en la ciudad de Veracruz, los cofrades del Santo Cristo y Rosario de Ánimas salían por las calles los lunes, miércoles y viernes, desde las ocho, a rezar la oración que las daba su título, acompañando al Crucifijo con faroles. Por supuesto, los horarios diurnos también eran útiles para la procesión. En Puebla, los domingos, eran los cofrades de San Nicolás Tolentino quienes, buenos súbditos de ambas majestades, salían a rogar al Cielo por el rey y por la Iglesia. En Orizaba, los hermanos terceros francisanos salían a rezar el Viacrucis los miércoles.
Era además temporada de salir a recabar limosnas: los cocheros del Santísmo del puerto de Veracruz sacaban entonces los platos de plata que tenían para recabar lo necesario para el culto del Corazón de la Virgen y de su titular. Los oficiales y hermanos notables de San Nicolás Tolentino de Puebla, se turnaban asimismo el plato para la cuestación, en este caso dirigida a la preparación del depósito de la Eucaristía el Jueves Santo. Desde luego, había obras de caridad. Ante todo, obras de misericordia espiritual, como la de los cofrades de San Francisco Xavier de México, quienes debían organizar entonces visitas de hospitales y cárceles para estimular a los enfermos y a los presos a su conversión. Pero también obras de misericordia corporal, como el sorteo de dotes entre doncellas y viudas cofrades que celebraba la sacramental de la parroquia de Santa Cruz, también en México.
En fin, era sobre todo temporada de escuchar a los sacerdotes lucir su mejor y a veces más patética retórica (en el buen sentido del término), desde los púlpitos de las iglesias. Pláticas doctrinales los viernes eran pagadas por la cofradía de los Dolores de Tenancingo, mientras la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí hacía lo propio los martes, y de San Nicolás Tolentino de Puebla los domingos.
Por supuesto, las congregaciones clericales, las órdenes religiosas, las parroquias y cabildos catedrales eran también muy activos en esta época del año, pero eso será materia de otra ocasión, en estos mismos días espero. Mientras tanto, cabe solamente resaltar el contraste entre un catolicismo que ya por entonces tenía cierta tendencia a reforzar su clericalización, y la importante participación de los seglares en la organización de toda suerte de actividades religiosas, que como podrá advertirse en esta época, y hasta su culminación en la Semana Santa, llenaban ampliamente el espacio público.